martes, febrero 28, 2006

Carnaval Carnaval, Carnaval te quiero..

Este fin de semana se celebró la fiesta del Carnaval. Yo nunca había estado en la Ribera del Ebro por estas fechas y me sorprendió que, en la medida proporcional al tamaño de la ciudad, se montaran desfiles de disfraces por todo lo alto. Que si un troncomovil con sus Pedro y Wilma Picapiedra, que si “Carnaval, carnaval, carnaval te quiero…” Vamos, un festival.

Yo nunca me he disfrazado con motivo del Carnaval, y este año no iba a ser diferente. Y así fue, no me disfracé. Pero todos mis amigos y los amigos de mis amigos son muy dados al disfraz, y como yo iba con ellos y no era cuestión de deslucirlos, se disfrazaron de médicos y enfermeras. Y yo, por imposición de las circunstancias era la enferma.

Así que ahí me veía, en medio de la calle, con mi amiga vestida de enfermera minifaldera, con dos cruces rojas a la altura del pecho que tenían un hilo del que si tirabas, subía el vestidito dejando la minifalda cinturón a la altura del betún. Y ahí estaba yo, en mi silla de ruedas, con cara de circunstancias, atravesando todas las calles del casco viejo mientras todo el mundo me miraba. La gente me miraba por diferentes razones:
- Algunos, porque la silla la arrastraba una tía buena que llevaba un vestidito con cruces rojas, a juego con las botas y la cofia.
- Otros, porque no me conocen, así que primero ven a una tía sentada en una silla de ruedas y piensan, vaya, que joven y en silla de ruedas, y luego se estrujan el cerebro para intentar averiguar de quién soy hija (ya he renunciado a tener identidad propia, o soy “la hija de” o “la hermana de” y así sucesivamente…)
- Y por último, la postura más razonable, por la que recibí enormes halagos, es pensar que voy disfrazada de persona que ha sufrido una lesión en la cadera y que está en periodo de convalecencia y que va en silla para no cansarse tanto con las muletas si el destino queda muy lejos. Estos eran los que me hicieron comentarios del tipo: “Que bien vas, PAJARA” o “Vaya disfraz más logrado CORDERA”.

Cuando me llevaron de regreso a casa llovía mucho, así que me puse una especie de toquilla sobre la cabeza. Ahí fue cuando me vitoreaban por la calle.
El resto de la noche sin mí ya no fue lo mismo. Las enfermeras subían y bajaban sus vestidos tirando del hilo, los médicos y enfermeros machos fardaban de sus fonendos y demás. Pero nada mejor que salir una noche de carnaval en silla de ruedas para que seas el centro de la fiesta…

1 comentario:

Anónimo dijo...

Al menos la silla es una comodidad, el carnaval es algo tremendamente agotador...
WILLARD.