- Pues que sea un pulpo a feira y empanada para empezar y nos trae unas cañitas.
- Muy bien, pues ahora mismito.
- Que bien, que buena idea cenar en un gallego, y que sitio más agradable..
- Si, lo descubrí un día que pasaba por aquí y ya hemos venido varias veces...
Catacloooon
- Madre mía, que ha pasado?
- Creo que el camarero se ha caído de la banqueta.
- Y por lo visto se ha desmayado...
- Que no, que no, que se mueve, pero es que se mueve mucho.
En ese momento, todo el gallego, como si un bar en una peli de John Wayne se tratara, y en lugar de pistolas, desenfundó los móviles y comenzó a marcar el número que les pareció más apropiado. Unos el 091, otros el 112, otros salieron a la calle y persiguieron, sin conseguir un frenazo a cambio, un coche de la policía local.
Fui la ganadora, me cogieron a mi primero. El dueño del restaurante comienzó a darme datos que me andaban pidiendo los del 112. Había mucho estres en la sala... Después de un interrogatorio considerable, colgué y a esperar.
La gente se apelotonó alrededor del escenario de la caída. Nosotros nos mantuvimos en un discreto segundo plano, nos sentamos en nuestra mesa, con un poco de remordimiento por tener el pulpo y la cerveza delante y sin atrevernos a probar bocado (o casi no probar bocado)
Finalmente acabamos cenando con el dueño del gallego que nos contó con gran preocupación la desgraciada vida del empleado caído, y nos la contó tres veces. Pero que vas a hacer? No se puede marchar uno en una situación así.
Para asegurarse nuestra fidelidad nos aconsejó volver otro día por allí para ver como estaba el muchacho, o en su defecto preguntarle a él.
Tenemos que ir algún día a ese gallego.

No hay comentarios:
Publicar un comentario