Aquellos días se sentía confundido, miraba a su alrededor y no reconocía nada. Pensó que es lo que podía estar pasando y se dio cuenta de que lo tenían encerrado. De vez en cuando entraban en aquella estancia para darle de comer, pero no le dejaban salir en ningún momento y cuando quería estirar las piernas tenía que hacerlo acompañado. Por la noche uno de ellos no le quitaba ojo de encima. No lo trataban mal, pero eso no era razón para estar contento, lo tenían secuestrado. Y su familia era cómplice de aquello. Traidores, los llamaba, lo miraban y susurraban palabras que él no llegaba a escuchar, lo miraban con condescendencia y luego se marchaban, dejándolo encerrado con los secuestradores. Traidores, los llamaba. No entendía porque le dejaban allí, sólo, sabiendo que se estaba cometiendo un delito, pero no salía de su boca más palabra que “Traidores”. No podía pedir explicaciones, sólo preguntarse porque y mirarlos con sospecha. De todas formas no comía mal y no le faltaba de nada. No podía escapar, así que sólo le quedaba esperar.
martes, octubre 17, 2006
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3 comentarios:
jur
Qué miedito, Ana...
"sólo queda esperar"
Leo tus palabras con el fondo de la voz imponente de Freddie Mercury... y se me hace una cosa "acá"
Es precioso el texto...
Gracias por las palabras.
Pasate por casa cuando quieras
A.-
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